RAZA Y ARTE
ARTE Y VIDA
El arte se rige por las leyes de la vida. La vida dicta una serie de normas a las que todo ser viviente se debe de adaptar, y según las cuales concibe la existencia. Fuera de éstas normas habita la anomalía y la anormalidad, y ellas destinan al ser a la desaparición o, por el contrario, a su pervivencia. Así pues, las originalidades contrarias a las normas colectivas hereditarias (las normas de la vida) son fruto de la deformación mental, y se rigen por las normas de la decadencia y de la muerte.
El Arte tradicional se rige por las normas claras de la normalidad, que son las que determinan la vida.
La vida anima el cuerpo del hombre, el cual está marcado por la raza, y los caracteres que con ella se transmite.
Por todo ello el Arte expresa el sentir y la vida de una raza.
Los estilos raciales son las formas de vivencia hereditarias, que se fijan en cada individuo como particularidades persona. La raza, como comunidad de la sangre , de las costumbres y de la visión de las cosas, da forma a los cuerpos y las almas, y tiñe de sus propias tonalidades todas las manifestaciones formales, por lo cual toda obra de arte da forma al sentir de la raza.
Cada creador es el portavoz de su raza, pues cada obra de arte presupone un hombre, con su linaje, su nación, y por supuesto, su raza. La obra de arte tradicional está tatuada con la impronta espiritual indeleble de la raza del creador, y ello es inevitable y grandioso.
El arte es la emanación del alma del hombre blanco, y cada etnia perteneciente a la misma raza plasmará su talante en sus creaciones aún cuando éstas se inscriban en un estilo determinado. Ello explica las diferencias evidentes dentro de un mismo estilo:
La catedral de colonia y la catedral de Notre Dame, son de estilo gótico, pero difieren fundamentalmente en que la primera se corona por esbeltos chapiteles en forma de aguja, y la otra se remata de manera horizontal. En la primera, domina el elemento germánico del ansia por la verticalidad, mientras que en Notre Dame, dónde el pueblo franco se mezcla con el aborigen, se muestra mayor preferencia por la horizontalidad.
Si dentro de una raza, la variedad de etnias permite observar una gran riqueza de variaciones en las características en las obras, la disparidad de razas nos hace observar una singularidad aún mayor de expresiones.
Los pueblos sedentarios son los creadores de arte, mientras que los pueblos nómadas sólo son capaces de expresarse oralmente, o de maneras menores.
Las diferencias entre la espiritualidad de arios y judíos son evidentes, pero mayor expresión toman en el campo del arte, pues los judíos, en la época de esplendor de egipcios, y persas, carecieron de arte. Cuando se expresan son dados a la abstracción, cuando no a la copia, y no despuntan en los campos artísticos, pero los arios expresan la naturaleza con belleza y realismo en sus creaciones y progresan aplicando técnicas que mejoran las obras.
Espíritu, alma y cuerpo se unen en el hombre, y éste refleja ésta tríada en sus obras, y muy particularmente en las de Arte, en dónde exterioriza al Ser ínsito en él. El comienzo de la obra de arte es la imitación de la Naturaleza, para que Ella imprima su espíritu, y la continuidad en su devenir, es dotar tal imitación de la Cualidad Cósmica y de los Valores colectivos que son meramente raciales, pues el individuo, viene sellado por la raza. Ella le conduce de la mano en sus pensamientos y señala los fines de su anhelo. Por ello, no sólo es la Naturaleza la que impregna con sus normas la belleza de una obra, sino que todo lo que se aleja del naturalismo en el arte tradicional lleva al ansia de eternidad que invade todo simbolismo, y que es lo supraterreno que da valor supremo al arte.
Las normas del arte son inmutables, pues así son las que rigen la vida, y lo sagrado es el terreno de lo inmutable.
SACRALIDAD DEL ARTE TRADICIONAL
Platón concibe el universo como una obra de arte (; y del Demiurgo o "Artesano del mundo" como "intelecto ordenador del cosmos".
El hombre, el artifex humano, por analogía al "Artesano del mundo", debe de asumir el papel de aclarar lo oscuro, poner orden en el desorden y unidad en la multiplicidad que debería corresponder, en tanto su cualificación y predisposición personal, en su participación o y en la imitación de las labores del prototipo divino.
El apercibimiento sobre la ausencia de este patrón o la generalización de los defectos de tales principios podrían, según lo indicara René Guénon en otro contexto semejante "aplicarse muy fácilmente a las condiciones de la época actual". En la definición de la belleza como "esplendor del Cosmos", Platón sintetizaba la luz y el orden, referidas a dos nociones fundamentales e inherentes al simbolismo de la mayoría de las doctrinas
Carl Gustav Jung, en su teoría de los Arquetipos, afirma que éstos son huellas que han dejado las divinidades en los espíritus de los individuos de una raza. Esas huellas indelebles afloran por doquier en las manifestaciones de la vida de la raza, y principalmente en el Arte
Todo arte tradicional es sacro por excelencia, y su belleza deriva de la verdad espiritual que contiene, verdad transmitida íntegramente por el espíritu del artista, que no deja de ser el portavoz de la colectividad de una raza, y soporte de la inteligencia colectiva, de esos arquetipos que Jung veía en múltiples expresiones vitales de la raza aria.
LA VIDA DEL ARTE
Tratar con una obra de arte no significa sólo admirarla y apreciar su realismo, como sólo hacen los turistas, o adquirirla para colgarla en la pared y venderla cuando su precio esté en alza, como hacen los judíos, sino que hay que hacer revivir en nosotros mismos los sentimientos de los que está saturada. Esto no es mero sentimentalismo como parece, sino que el verdadero amante del arte es un médium que revive la espiritualidad de la obra de arte

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